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EXPOSICION DE
UNICAJA
“LA TAUROMAGIA”
15 de febrero del 2002.
Engañado por la túnica
sangrienta muere el toro,
Como el dios burlado, en la
de su propia sangre.
(José Bergamín)
La fiesta es la fiesta. Para
denfenderla no exiten argumentos. Pero sobran razones para amarla. Pedro
Dougnac lo sabe bien y transfigura de inmediato su pincel en estoque, con
el que hiere dulcemente de color la blancura expectante del lienzo.
Dentro de esa herida crece un toro que se levanta airado, envistiendo el
cielo con la media luna de las armas de su frente ; que se envuelve de
azul añil en la espera negra de los corrales o que presiente la muerte en
redonda soledad de una plaza bordeada con el papel de periódico. El toro y
no el caballo, es un animal. Es el légado de la dehesa y es la piedra. Es
asimismo la libertad del aire y de la nube ; la fuerza que se encierra en
la desolada verdad el albero para enfrentarse inexcusablemente con el
hombre.
Y de aquí surge la liturgia del
color y del ímpetu, que es lo que apresa fundamentalmente Pedro Dougnac,
pues no exite en sus lienzos sangre. La muerte, el momento de la verdad,
no está tan solo barrunta. Vistos a lo lejos , los cuadros son como una
fiesta misma; una orgía de color y sutil armonía, la belleza del lance que
se atesora en la memoria. Contemplados de cerca, sin embargo, se aprecia
el desgarrón del drama, el azote de la pincelada, la arruga y el goterón,
que se escurre y se seca sobre el febril textura interior del que se
encuentra en la antesala misma de la muerte.
Los cuerpos callados, inmóviles,
cercanos; las caras sin rostro. Todo es severidad. El atuendo nos revela
al diestro, al picador o los alguacilillos, que no son individuos sino
fijos arquetipos de una ceremonia que se repite secularmente, desde las
arcaicas orillas de Creta hasta la Maestranza. La fiesta , entonces, se
espiritualiza , se despoja del tópico tonadillero y del colorín de
cartel-de-toros, para reducirse a la elocuente desnudez de la esencia; la
blancura del asta rozando la blanca bota del jinete, el rostro negro y
morado del animal, el gesto de un hombre vigilante junto a otro que
también avizora; y el silencio, ese silencio que abraza todo. El
movimiento emana del vals que se traza entre la fiera y el capote . Es
ésta una fiesta despojada de todo oropel. Sin algarabía ni chinchimpún.
Por no haber, ni público. Tan sólo la mirada de Pedro Dougnac en la
soledad ritual de su faena, trazando , no tanto en la tela como en los
sueños, la desolada relación de unos cuantos elementos esenciales,
imprescindibles para la ejecución de este inexplicable festín que aún se
ama sin saber por qué.
JOSE
IGNACIO FERNÁNDEZ.
Académico de
las Letras |